lunes 21 de diciembre de 2009

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viernes 27 de noviembre de 2009

Traduzione, tradimento; Roberto Bolaño trasladado y traicionado en Praga

(Bolaño para niños checos malcriados)
(traducción de un artículo originalmente escrito en checo y para lectores checos, con motivo de la publicación de Los detectives salvajes en el idioma eslavo)
por Jorge Zúñiga Pavlov
(Praga, 2009)


barroco pero breve, erudito sin ser pedante
trágicamente metafísico y autenticamente bromista...
Fabrice Gabriel



Traducir significaba originariamente trasladar algo de un lugar a otro. Un viejo proverbio italiano dice que cuando se traduce un libro, el traductor se convierte en un traidor. Y algo hay de cierto en ésto. Pero hoy en día tal traición más bien se encuentra oculta en el mismo proceso de publicación de un autor extrangero; en los prejuicios y miedos de los mismos participantes de tal proceso. Con motivo de la presentación pública y oficial de la traducción al checo de la novela Los detectives salvajes (es: 1998, cz: 2009) de Roberto Bolaño intentemos -en la lógica de su inconfundible estilo- hacer una reseña y reflexión especulativa sobre algunos aspectos de su vida literaria y sobre la supuesta traición.

Escueta mirada sobre la vida de un detective literario

Hoy se habla, discute y especula mucho sobre quien era este escritor hispanoamericano. Qué tipo de vida llevó. De dónde salió tan de repente. Roberto Bolaño se nos presenta hoy como un rayo literario en medio de un día de sol. Pero eso no es así. Su carrera de escritor se inició mucho antes de lo que aparentemente observamos los que estamos lejos de las capitales de la lengua cervantina. Sucedió en su años de juventud cuando era un poeta infrarealista mexicano. El presunto brusco traslado de género hacia la prosa por razones económicas es quizá sólo una cómoda versión oficial. Lo más probable es que Bolaño escribió prosa desde siempre, sin importar si sus amigos cercanos lo sabían o no. Y sin importar mucho menos si algún día decidiría darle prioridad. Probablemente -como buen chileno- sentía una suerte de inclinación hacia la poesía (en el contexto de la literatura latinoamericana, Chile ha sobresalido más bien con sus poetas, que con sus narradores). Además admiraba a Parra y a Lihn y eso lo marcó. El hecho de que Los detectives salvajes sea una novela de poetas es un signo posterior de todo esto. Y no sólo esta novela. Lo es Estrella distante y tangencialmente lo es Nocturno de Chile. Quizá en un principo Bolaño sintió cierta infructuosidad o quizá incluso cierto temor. Si tomamos en cuenta el estado de la narrativa latinoamericana de los años 80 y 90, no sería extraño. Por una parte el deseo de cambiar algo que huele a podrido, por otro lado cierto desgano. De todas maneras ésto debió haber sido más bien un impulso, ya que ante tal estado, habría bastado casi cualquier cosa con una dosis de novedosa calidad para que las letras avanzaran y abandonaran el pantano.
Es posible hacer una lectura de la inseguridad en el hecho de que el año 1984 (Bolaño tenía 31 años de edad) publicó su primer libro en prosa Consejos de un discípulo de Morrinson a un fanático de Joice en coautoría? No lo sé. Sin embargo es un hecho que desde 1977 se instaló en España y se trató de ganar la vida –entre otras cosas- participando en algunos concursos regionales de cuento y novela. Ganó algunos. Su famoso y exitoso cuento Sensini es hoy un firme memento sobre ese tipo de peripecias literarias: los tan corruptos y arreglados concursos literarios. Es también un hecho que su libro siguiente La pista de hielo aparece 9 años más tarde, cuando ya tiene 40 años. Podría decirse que Bolaño es hijo de su época, (primero vivió y después dió vida). Su fertilidad literaria -temporalmente hablando- es más bien tardía (por comparar García Márquez publicó por primera vez a los 23 y Cien años de soledad vio la luz a sus 40).
Tres años después, en 1996, Bolaño reinició su carrera de narrador de manera no antes vista. Durante los siguientes 3 años (1996-1999) Bolaño transformó el panorama de las letras latinoamericanas de tal manera, que con el tiempo será posible hablar de un antes de y un después de Bolaño. Después del año 1999 se convirtió en alguien inomisible y sumó una joya tras otra, siempre junto a Herralde. Sin embargo es importante advertir que no sólo logró escribir -desde el punto de vista de su contenido- una obra literaria inteligente, profunda y de varios planos. Sino que fue más allá renovando el género de la novela, no sólo al renovar al narrador (este aspecto merece un tratamiento para el cual no tenemos espacio aquí) sino que renovando algunos viejos personaje arquetípicos. Con cierta premeditada exageración, podríamos decir que Bolaño nos recuerda aquello que Tarantino trajo al cine, aquella suerte de fusión o mezcla de géneros.
En lo que a Los detectives salvajes se refiere, los signos de la novela negra son evidentes. No obstante, ésta es un locus communis de muchos autores en la actualidad. Sin embargo Los detectives salvajes no es una novela negra. Es claro, el género policiaco se vende bien y genera ganancias. Por lo mismo el nombre elegido para ésta es innovador y es un juego que deja desde ya intuir la fusión de géneros. En lo que respecta a esta novela percibimos nuevos rumbos en la narración. Narración que -aparte de los elementos detectivescos- cuenta con rasgos del Bildungroman o novela de aprendizaje; se las bate con elementos de la narrativa erótica, como también con ciertos aspectos de la novela de horror o novela gótica. Con todo, lo que es distintivo para esta obra es cómo Bolaño logró componer sus personajes en calidad de antihéroes, como entidades que no son incondicionalmente artífices del relato. Sus personajes, como parte de la realidad narrativa, son afectados de igual manera y simultaneamente, lo mismo por el mal, que como por el bien omnipresente, sin que puedan tener mayor influencia en la trama. Con ésto Bolaño traslada parte del epicentro de la ficción hacia el entorno que rodea a los personajes.

A pesar de que Roberto Bolaño nació en el país menos novelístico de Latinoamérica, no resultó ser el típico estrecho chileno medio, tan inclinado al patriotismo militar o militante, al egocentrismo vanidoso o al nacionalismo altanero de banderitas y escarapelas, como la gran mayoría de sus coterráneos. Bolaño resultó ser a su manera un nómade, y no sólo en lo que a género se refiere. Un trashumante. En su vida, tres países fueron claves: su niñez en Chile, su juventud en México y su adultez en Cataluña. No obstante, el mismo afirmó finalmente que su única patria eran sus hijos y la literatura. Valga no obstante decir que es México el país que más lo marcó y es este país el que ocupa un lugar privilegiado en su creación. Una visión novedosa de lo que pudiera ser la tradición literaria mexicana (que considerase no sólo lo mexicano, sino también lo escrito en México) debería contar e incorporar las novelas mexicanas de Roberto Bolaño (al menos en la misma medida como se debería tomar en cuenta Bajo el volcán de Malcom Lowry o Mantra de su amigo el escritor argentino Rodrigo Fresán).
Roberto Bolaňo sin embargo no se transformó en un mexicano más y su periplo continuó hasta llegar a España, donde finalmente se estableció. Es necesario decir que tampoco terminó siendo español. Toda su anabasis hizo de él un habitante del planeta (ésto sí que suena cliché, pero es cierto). Un habitante pobre, sufriente, penoso, quizá en algún momento de su vida hasta patibulario, pero sobretodo amante y al final de todo, un habitante creador. Todo esto lo determinó finalmente para que con su creación diera un carpetazo a aquella vieja y tonta polémica acerca del fin de la novela como género narrativo. Logró todo esto con la elaboración de una amalgama de testimonios personales, de percepciones íntimas de los horrores y padecimientos del mundo con aquello que le tocó vivir, o que le narraron otros, o que sospechó, o que simplemente fantaseó.
Roberto Bolaño con su obra superó la mediocridad latinoamericana de las últimas décadas (excepsiones confirmantes de la regla aparte), e incluso desde un punto de vista comercial hoy se ubica dentro de los más vendidos. Huelga decir que en torno a su persona apareció una pléyade de nuevo autores, a los cuales el mismo Bolaño reconoció y respetó (Fresán, Villorro, Pauls, Rey Rosa, Gutiérrez). Autores que de manera unánime le reconocieron a él como el mejor escritor de habla hispana contemporáneo, el primer clásico del siglo XXI.

Bolaño es hoy un fenómeno literario por todo el mundo. Un fenómeno incluso paradigmático. Y ésto debido a que –en lo que al mundo hispano se refiere- desde el ya trillado boom de los 60 no éramos testigos del surgimiento de un autor tan talentoso. Un autor que con su temprana muerte se convirtió a la vez en leyenda y en escritor de culto. Un autor que se afincó con fuerza en tantos idiomas, inclusive en los Estados Unidos, en donde tan sólo el 5% de los libros publicados son traducciones. En lo que a las letras en lengua española se refiere, las últimas décadas hemos venido siguiendo más bien con disgusto la aparación y desaparición de distintos best sellers comerciales bajo una capa de mediocridad, cuyo rasgo más evidente ha sido ser esa suerte de remake de los viejos subgéneros novelísticos. Dejemos de lado la cargada y repetida literatura de los abuelos latinoamericanos tipo García Márquez o Vargas Llosa y su infinita y mediocre repetición estilística y mencionemos dos tristes ejemplos. El ejemplo latinoamericano par excelence de la mediocridad es la señora Isabel. Años tras año esta dama nos ha entregado –y seguramente lo seguirá haciendo- libros con un estilo agotado y mal copiado, incluyendo su trasnochado pseudo realismo mágico. Otro ejemplo, esta vez español: la larga lista de libros del señor Peréz. Libros que estiran sus tentáculos desde las vitrinas del mundo y que nos recuerdan cada vez las novelas de aventuras o las novelas históricas. Géneros que en su tiempo nos destaparon un mundo desconocido y secreto. Hoy el carácter de simple entretenimiento o pasatiempo de este recreado tipo de novelas parece más bien invitar al lector a meter la cabeza en la arena de los relatos históricos haciéndolo huir de la realidad. El curso de la moda, más la esclavitud del mercado, son hoy tan poderosos que el mundo editorial del idioma español busca o exige que la lengua descubra a su propio Wells o Tolkien. O bien su Rowling, o quizá un ridículo Brown, si es que ya no han sido en este instante descubiertos y tan sólo nosotros aquí aún no lo sabemos.


Escueta pesquiza a un caso literario.

Quien ama la literatura y aun no ha tenido la oportunidad de sumergirse en la obra de Roberto Bolaño (obra de casi 20 libros); quien –con todo- religiosamente sigue las noticias del mundo editorial, con seguridad debe confusamente notar el actual gigantesco interés mundial de los lectores por su obra. Es fácil y hasta recomendable dudar o elegir cierta precaución para verificar si no se trata –una vez más- de otra construcción de la mercadotecnia o de la obra de aquellos autoproclamados profetas geniales con libros de autoayuda para masas, tipo Paulo Coehlo. Es fácil tener sentimientos encontrados ya que por lo general se tiene la costumbre de que lo masivo, por lógica, es intelectualmente pobre o mediano y por lo general aceptable por las mayorías en esa demandada legibilidad y superficialidad. Bolaño es –a pesar de su caudal de lectores- algo completamente distinto y único. No fue el tipo de escritor que buscaba escribir una obra “editorialmente correcta” y así abiertamente mentir para no cerrarse las puertas allí donde la literatura barata tiene a sus cómplices editoriales. Al margen digamos que la famosa escritora y crítica norteamericana Susan Sontag, que se conviertiera en una suerte de descubridora y propagadora para el público americano, llamó a ese tipo de escritores falsos: mercenarios literarios. Bolaño por lo general los despreciaba, sintiendo por ellos cierto despecto y repudio. El mismo llamaba a esa actitud propia: la guerra contra el cliché. Culpando a este tipo de literatura de banalidad y de prostitución. Es importante constatar que Bolaño se ha convertido en best seller, sin tener que hacerle favores y concesiones al mercado, a los editores, a los críticos y mucho menos a los lectores. Bolaño simplemente escribía y escribía para luego salir a la calle con sus manuscritos a verse las caras con el medio editorial. No imitaba a nadie, no repetía a nadie.
¿A qué se debe que Bolaño logró despertar un intéres tan grande y en tipos tan diversos de lectores?
Creo que una de las claves de su obra es la ironía y aquella permanente argamasa de risa y dolor en sus textos. Este tipo de discurso narrativo quizá presupone y es coherente con una manera de observar, tanto la fealdad como la belleza del mundo. Bolaño con su desesperanza a cuestas nos obliga artística y drásticamente a tomar conciencia de la realidad, lográndolo sin ser proselitista. A diferencia de otros autores de izquierda no es un predicador más. A los sumo es un reportero, un cronista negro, un detective involucrado humanamente y sin medias tintas. A pesar de que para él el mundo no tiene remedio, al menos vale la pena mostrar sus heridas, sus enfermedades a través de las letras. En ésto se nos ofrece una cierta explicación de su éxito, ya que todos sus lectores -unos más, otros menos- compartimos en la –a veces frecuente- morbosidad de su textos cierta desesperación visceral que nos hace satisfacer nuestra propia insania, nuestras propias patologías.
Tanto en su obra como en su crítica la dicción y el lenguaje bolañesco captan hoy a un amplio público, y ésto sin tener que hacer tratos venales, ni bajar la guardia ante lo convencional y lo mediocre. Quizá debido también a que su obra se caracteriza por una atractiva e insobornable radicalidad estética, ética y política. Su obra se vuelve coherente al manifestarse como una involucración valórica que no defiende ni el bien ni el mal, porque lo concebía como la manifestación de una unidad, de la cual no es posible escapar. En este sentido es posible advertir cierto laconismo que cruza sus relatos. Hay que decir, que la manera como Bolaño administraba el lenguaje, estructuraba sus oraciones y párrafos está excenta de cualquier tipo de excesiva construcción. Ésto le da la naturalidad y la fluidez de la oralidad. Al leer a Bolaño parecesiera como que lo escucháramos hablar. Al escuchar su voz pareciera como que escucháramos nuestra propia voz que dice por su boca aquello que no nos atrevemos a decir. Y siempre en un lenguaje a la vez culto y coloquial, que lo hace accequible a todo tipo de lectores y con una clave particular en su literatura; con aquella elipsis premeditada omnipresente en su obra, que no es otra cosa que la intención de esconder o sesgar la información. Más con el fin de sugerir la realidad del relato que con un ánimo de describir todo detallada y vánamente.



El detective como lector salvaje


Una parte importante de su trabajo fue su crítica literaria. ¿Quién fue Roberto Bolaño como lector?
La actividad crítico-literaria de Roberto Bolaño era inseparable de su obra. Como crítico llegó a ser increiblemente duro, filudo e incluso corrosivo. Su ácido sarcasmo en todo caso no se nos presenta hoy como algo caprichoso o injusto. Y mucho menos como un engreimiento amargo, como pudieran pensar los mal intencionados. Todo lo contrario, el gusto literario de Bolaño era auténtico y digno del lector cuidadoso que fue. A pesar de haber sido en su secundaria un muchacho cimarrero, es más que probable que leyó más que cualquiera de nosotros. En su juventud la lectura era su mayor pasión. Incluso llegó hasta el robo de libros en algunas librerías de Ciudad de México con el fin de leer. Una prueba literaria de la plena aceptación del arte del hurto libresco es el cuento El gusano (1997). Prueba se su sagacidad como lector son sus artículos de prensa y una parte del libro de ensayos, artículos y discursos titulado Entre paréntesis (2004). Bolaño fue un sobresaliente escritor, crítico, ensayista y poeta que sobretodo leía como un poseído a sus mismos contemporáneos. Dicen que leía todo lo que caía en sus manos. Hoy, sus autores preferidos son para muchos de sus lectores una suerte de canon de lo que es necesario leer y releer. Sus lecturas no sólo arrancaban de los mejores clásicos latinoamericanos como lo son Borges, Bioy o Cortázar, sino que Bolaño metió sus anteojos de lector en otras tradiciones literarias, como lo son las europeas, en particular las de Europa central, por lo general más bien ajenas a Latinoamérica. Tal es el caso de la lectura de autores suizos o austriacos. Su obra lleva el signo de algunos de aquellos autores como Musil, Zweig o Frisch, pero también lleva la impronta de grandes autores del género de novela negra y de la novela de terror o misterio. Nombres como Lovecraft o Chesterton, son hoy objeto de interés de los lectores de Bolaño. Todos esos autores son hoy la pauta para un futuro estudio de la obra de Bolaño y de su íntima biblioteca. Quizá por lo mismo Bolaño logró pasar a ser un eslabón más en la cadena de la literatura universal. Quizá por que leía.

Es aconsejable precisar que allí donde menciono la palabra “literatura” debemos leer “alta literatura”. O bien, podríamos utilizar la división que el mismo Bolaño hacía para separar a los verdaderos escritores de aquellos simples “escribidores”. Está claro, que hacer una sentencia de tal calibre amerita una dosis considerable de valor. Bolaño tenía ese coraje, justamente porque antes de ser escritor era lector. Un lector erudito y fundado. Demás está decir que no le quedaba otra. Y ésto probablemente porque sospechaba que un escritor sin una actitud crítica no puede escribir bien a no ser que quiera tan sólo reescribir lo que ya ha sido escrito o simplemente imitar a otros. No obstante, sabemos que esta verdad es relativa y que en los progresos y renovaciones del género novelesco siempre habrá huellas de lo que otros han escrito anteriormente. El escritor es siempre lector, un lector pasivo y activo a la vez, un lector de sí mismo y de otros. Cada obra literaria es una dialogo con la literatura anterior y Bolaño no fue una excepción.

Cuando el lector abandona un rol más bien pasivo y comienza a cuestionarse la obra de un autor; a ponerse preguntas acerca de los significados ocultos y del origen de los elementos que la componen, deja de ser un lector pasivo para convertirse en un lector activo. Junto a los lectores comunes y corrientes coexiste todo un ateneo de lectores activos. Son los conocidos como especialistas: académicos, estudiantes de letras, críticos, reseñadores, traductores y editores. Esta comunidad suele dividirse en diversos grupos, según el punto de vista que adopten a la hora de examinar una obra literaria. Hay los que ponen su lupa en la vida del escritor y como paparasis de bulevar buscan los recodos oscuros y las intrigas de los datos para explicar aspectos o lugares de la obra para finalmente deformarla o cubrirla de una nebulosa ciega. Otros prefieren analizar la obra de manera cerrada y como un todo hermético donde nada más cabe, sólo lo que está escrito en ella. Se investigan los personajes, la trama, el argumento.
Pero hay un punto de vista más. Es el lector y su interpretación personal de lo leído. El lector también puede representar otra manera de enfocar el análisis de una obra literaria. Ésto se refiere a la medida en que un determinado lector es capaz de comprender de qué trata una obra literaria.
Quienes son eventualmente los potenciales lectores de Los detectives salvajes en la República Checa? Tendrán Los detectives el mismo destino que tuvo Nocturno de Chile hace cuatro años, cuando finalmente terminó vendiéndose en locales de libros batatos. Cuales son las razones del absoluto fracaso de la primera traducción al checo de Bolaño?
Creo que es necesario detenernos un momento y intentar responder estas preguntas.
El caso de Bolaño se vuelve más complejo en lo que se refiere a los lectores checos, al menos desde dos aspectos. El primero tiene que ver con la problemática del lector y con un aspecto frecuentemente dejado de lado como es el aumento de la complejidad del problema a la hora de una traducción a otra lengua. Más aún cuando se trata, como es este caso, de una lengua minoritaria y a su vez exótica, como es el caso del idioma checo.
La obra literaria -aunque no siempre- posee un mundo de realidades interiores y exteriores. Son los contextos internos del relato y los contextos históricos en los que la ficción está ambientada. Éstos pueden en ciertas ocaciones serle a los lectores en otra lengua absolutamente ajenos. Por ésto mismo una novela puede funcionar bien al interior de su lengua original como de otras lenguas, pero ésto no siempre tiene que ser así.
El segundo aspecto tiene que ver con la decisión de los editores. El fracaso de Nocturno de Chile, su primer libro traducido al checo, lamentablemente tiene que ver con dos asuntos cruciales que lo provocaron. En ambos juega un papel preponderante el lector. A pesar de que la novela Nocturno de Chile es considerada hoy como una obra literaria única y extraordinaria, -la cual, dentro del contexto de la historia de la literatura latinoamericana, podemos sumar a las obras que un siglo atrás iniciaron la tradición del género de la novelas cuyo motivo central son las dictaduras; en particular la camada de autores de finales del siglo XX (Piglia, Lemebel, etc.)-, su elección como primera traducción al checo resultó ser un fiasco absoluto y una negligencia fatal por parte de los editores. Qué condujo a seleccionar esa novela es para mí un verdadero misterio y habla de un conocimiento más bien parcial de los libros de Bolaño y del carácter fractal de una parte de su obra, con el que el autor juega, volviendo a desarrollar temas o detalles que anuncia en obras anteriores. Este tratamiento de repetición en Bolaño no es casual, sino más bien sistemático y más aun, posee cierta consecutividad durante su obra. En lo que respecta al tema de la tortura, de la violencia política y de los crímenes de lesa humanidad durante la dictadura del General Pinochet Nocturno de Chile no es sólo una obra más bien posterior, sino que además representa probablemente su cumbre. Por lo mismo publicarla como primer libro es una error editorial. El segundo asunto determinante es la dificultad que enfrentaba Nocturno de Chile como novela para un público que en su mayoría desconoce las circunstancias históricas y culturales de la obra. Y si las conociese, ameritaría que las hiciese suyas, no en un plano superficial de simple relato, sino que en las entrañas mismas del texto; en las relaciones y conexiones subyacentes y que tienen que ver con los valores humanos. En un país como la República Checa, en donde una considerable parte de la opinión pública aún considera que Pinochet salvó a Chile del comunismo, era bien dificil que una novela sobre el terror y los horrores en el Chile dictatorial pudiera motivar a los críticos y reseñadores, mucho menos a los lectores.
Pienso, sin embargo, que Roberto Bolaño tiene sus lectores en Chequia hace ya mucho tiempo. Son los mismos lectores de Borges, Vila Matas, Cortázar, pero también de Perec, Zweig o Hrabal. La interrogante es cuan amplio es ese público. Por ésto, es condición urgente a la hora de seleccionar la obra de un autor, definir o más bien identificar al lector. Cada autor lo tiene, lo mismo cada libro.


Los detectives y la salvaje prensa amarilla

En general se podría decir que un mínimo estudio del lector, de los libros preferidos del público siempre ofrece un valor indicativo sobre el estado de la cultura de una sociedad. De igual modo, esta información resulta valiosa para quienes tienen la tarea (por apostolado o por simple negocio) de publicar libros. Pero sabemos: no todos los libros son iguales. Ni tampoco lo son los lectores. Un obra literaria es también un acto editorial, a veces detrás de el se esconden editores ilustrados, aunque la más de las veces la acción es un simple negocio, una simple estrategia de la industria del libro. Obviamente tampoco todas las editoriales son parte de esta industria, cuyo objetivo prioritario no es otro que encontrar la vía cómo vender los tirajes lo más rápido posible y cómo contar ganancias. En esta lógica las traducciones hacen del idioma un simple mercado, la obra pasa ser más bien un libro o ejemplar y el escritor una marca.
Pero regresemos por un instante al lector pasivo y masivo. Para la industria del libro el autor ya no es tan importante. Lo importante son las ventas. Por lo mismo son estos lectores pasivos quienes deciden y la manipulación de su intención de compra la que cuenta. Ellos tienen la última palabra, ellos son los consumidores y ellos al final pasan a ser el sentido de la obra publicada, es decir del libro como artículo, como portador o soporte de la obra. Podríamos objetar que la mayoría de los lectores lee un sinnúmero de libros malos y banales, pero a los editores de la industria del libro eso no les quita el sueño. Tampoco les importa el hecho que no sea este lector de masas quien determine el verdadero valor de una obra; que la obra tenga que resistir una lectura profunda y que muchas de ellas tengan un papel más bien de entretención. Para cumplir con sus fines la industria del libro ha logrado estrechar vínculos con los medios de comunicación. Para ello los mismos medios de comunicación (léase prensa amarilla) han desarrollado su propia elite de opinadores que día a día generan listas de libros más vendidos, de top 10, de best sellers que los lectores medios de periódicos y tabloides deberían leer. Así, la maquinaria mercantil ignora la obra y enaltece el libro-mercancía.

Si los lectores masivos checos no se enteraran de nada. Si no tuvieran noticias sobre un autor tan extraordinario como fue Bolaño, o sobre su genial novela Los detectives salvajes, los editores correrían el riesgo de grandes perdidas. Lo que no significa necesariamente que sean perdidas para la literatura. Ejemplo paradójico de esto es que ése haya sido el destino de la novela La literatura nazi en América (1996) en la misma España. Tiraje que finalmente fue gillotinado.
Al cadaver de Bolaño ya se lo comieron los gusanos, por lo tanto ya no es tan importante tener consideraciones con el autor como el ser humano que un día fue. Me dicen que la venta (no hace mucho) de todos los derechos sobre su obra por parte de su viuda (la oficial) a un señor de nombre Andrew Wylie y apodado El Chacal (que me cuentan es un hábil agente literario), habla por sí sola. No sé, ni conozco al canis mesomelas ese. Ni a la madre de los niños Bolaño, la que -según me cuentan- por esos días ya no era su mujer. Bolaño es ahora un mina de oro. Su herencia es todo aquello que se pueda vender. Su postura crítica contra el establishment cultural de las instituciones y los medios de comunicación hoy vale un pepino y a nadie le importa. Por lo mismo la presentación oficial de Los detectives salvajes en el Instituto Cervantes de Praga (algo que Bolaño sin duda merecería, bajo la idea de un simposio o una conferencia, para que por fin esta institución oficial comienze a tener un perfil claro basado en la calidad y no en la cantidad), inclusive el preparado coctelito de siempre con diplomáticos, académicos y la comunidad hispanoparlante local es por lo bajo algo descaradamente aberrante. No hay otra intención en esta actividad que aprovechar las bambalinas de la cultura oficial para que los periodistas invitados escriban sobre la novela de Bolaño; para que la novela se venda lo antes posible. Yo -en rigor- no debería tener nada en contra de esta élite (aunque razones hay de sobra), pero esta actividad pseudo cultural y elitista -en la cual los verdaderos lectores de la traducción de Bolaño (esos que no hablan español) no estarán presentes-, me resulta vergonzosa, sobretodo cuando de lo que se trata es de armar el show para que la prensa amarilla pique el anzuelo y se coma el bocado. Circo para los tabloides que están allí, donde hay luces, copas, tacones, excelencias en limusinas con banderillas y la suntuosa, liviana y superflua fanfarronería de lo oficial.
Se me ocurre recordar aquí aquella respuesta de Bolaño cuando le preguntaron qué pensaba de Gabriel García Márquez y dijo que era “un hombre encantado de haber conocido a tantos presidentes y arzobispos”.

Por suerte los lectores inteligentes de literatura inteligente tienen sus propios canales y esta grosera y vil bulevarización que se hace de Bolaño en Praga no será más que otro alarmante capítulo dentro del triste culebrón del mercado mundial de la literatura. Como ya se dijo: hoy es importante vender, meterse en los titulares, encajar una buena reseña. Da exactamente lo mismo si el que compra el libro es un taxista con cadenón de oro al cuello, una modelo que imita a la Pe con uñas de matrices blancas como de artista porno, una rubia teñida cajera de supermercado, o bien un estudiante o una profesora de letras o ustedes o yo mismo. Da lo mismo si alguno de los aquí mencionados acabamos o no el libro completo y no lo dejamos a la mitad. Da lo mismo si lo leemos como la historia de unos poetas que buscan a otra poeta y no entendemos ni descubrimos nada más.
Constatemos sólo que hubo un tiempo anterior al Bolaño famoso, cuando el perro romántico quería ser publicado y leído. Cuando quería desatar el nudo ciego que sintetiza esa contradicción que hay entre querer vivir de las letras y escribir una literatura inteligente y profunda. Eso es ya una realidad.
Sabemos que la obra literaria que funciona sólo en el escritor masivo es basura. Sabemos que cuando funciona sólo entre intelectuales su destino es ser una reliquia de biblioteca y los tirajes terminan guillotinados y los escritores se mueren de hambre y hacen periodismo o dan clases o tanto más...
Sin importar cómo se venda Los detectives salvajes en checo. Sin importar qué tan rápido se venda esta novela, una de las mejor premiadas en el mundo hispanoparlante, a Bolaño y su Rayuela mexicana de fines de milenio, le espera otro destino. Pues son las obras las que ocupan un lugar en la historia de las letras, no los libros y mucho menos las traiciones de la traducción.


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miércoles 25 de noviembre de 2009

NO a la Bulevarización de Roberto Bolaño

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martes 3 de noviembre de 2009

Simulaciones (1991)


Praga, 1989


Son unos minutos después de las seis de la tarde en el viejo internado de Větrník. Gregorio manosea sus bolsillos buscando el reloj, ese que tiene la correa de la pulsera cortada y que no usa hace años. Pero lo ha olvidado. Se admira. Piensa que ha olvidado el tiempo en el bolsillo de otro chaquetón o en su mesa de lectura. Eso supone. Qué importan los instrumentos, los relojes, los termómetros que vigilan las calles, las ventanas, las esquinas, se dice y cierra silenciosamente la puerta de su cuarto, tratando de no despertar a Zeleka, su compañero de habitación; un negro etiope que duerme y ronca una borrachera. ¿Empezará a vomitar nuevamente en el papelero?, -se pregunta Gregorio. Se aleja por el estrecho pasillo donde se encuentra la puerta de su cuarto. Ve pasar a alguien carraspeando una tos oscura. El desconocido va fumando un humo agrio que Gregorio reconoce. Son esos cigarrillos baratos marca Mars. Otro marsista, se dice sonriendo. Hastiado respira filtradamente la náusea que se enrosca en el túnel del internado y que se mezcla con un repetido olor a mantequilla refrita. El olor le recuerda el aliento de Arquímedes, el estudiante venezolano que vive tras la puerta inmediatamente vecina, en el mismo pasillo. Gregorio camina hacia las escaleras ubicadas al final de un largo pasillo de baldosas blancas y negras. Pisa las baldozas cuarteadas con una única intención: salir de allí. Se fija por el rabillo del ojo en un grupo de angoleños estancados en un recodo de las escaleras manoseando unas revistas de fotografías; los negros parecen envueltos en una nube de sudores y resuellos.
Dejar unas horas aquellos pasillos, dejar aquel suburbio de estudiantes miserables; abandonar los vapores de orines del primer piso; el olor penetrante del tufillo a ajo del segundo; la estridente música árabe de las mujeres yemenitas del tercer piso. Huir de la silenciosa caterva de vietnamitas en guerra, escupiendo por folclór y por doquier sus escupitajos cenicientos, masculla Gregorio para sí.
Cruza el estante de los buzones de latón junto a la portería. Echa una mirada a la portera, a la que apodan Doña sargento. La ve cabeceando su obesidad infinita, sentada en sus propias secreciones: sudor, pedos, eruptos. Mira sus pelos desgreñados y dos jarritos de loza barata con borras de café sobre su mesa. Una vez en la puerta respira por fin el aire fresco de la calle. El reloj de pared sobre la entrada marca las seis de la tarde. Pero Gregorio se fija que hace meses ese reloj marca la misma hora. Una hora detenida, una hora definitiva y terminal. Baja a saltos los escalones fijándose en la ventana de la habitación donde viven las dos muchachas búlgaras. Una luz rojiza se trasluce por los visillos. Cuenta el orden de las ventanas: una, dos, tres, cuatro. Es el tercer piso, una ventana a la derecha del primer árbol. Luz roja, la sangre de Safo, piensa Gregorio. ¿Habrá realmente sangre?, -inquiere-. No, nada de eso, -se dice-. Tal vez, ellas -una vez más- se despedazan en esos instantes en su juegos solitarios. Isla de Lesbos, piensa. Alcanza a correr inútilmente hasta la parada, pero el tranvía se ha marchado ante sus narices con toda su puntualidad europea. Alza la mirada hacia el cielo. En la esquina el reloj público marca también las seis. Noche cerrada. Somos la basura del mundo, -piensa en voz alta. La calle es para Gregorio por fin el escape, la fuga. Es sacarse un poco el asco, huir del marasmo, de la desidia endémica, olvidar cierta dosis de esa condición oscura, cierta administrada repugnancia. Ese desposeimiento total y abrumante de ser un estudiante extranjero más en Praga, la falaz virtud o ventaja de ese supuesto privilegio. Olvidar –por unas horas- el suicidio del estudiante japonés, la parsimonia de los policías, la indiferencia de los otros. Gregorio se acuerda del rostro de la chica alemana llorando al estudiante nipón. Gregorio piensa que quizá la berlinesa es la única que aproximadamente parece ser una estudiante, convencida, aplicada, como el afiche del Muro pegado sobre su puerta desde donde en la reproducción de un grafitti berlinés Honecker besa en la boca a Brežněv. ¿Pero dónde se situa él en todo aquel lenocinio?, se pregunta Gregorio. Se masturbará como cada tarde, después de escuchar su propia voz desesperada desde un teléfono público preguntándole a una chica que conoció hace poco cuando se volverán a ver. Amo el amor de los marineros que besan y se van, recuerda. Pero este país no tiene mar y las chicas de Praga no besan. Las chicas de Praga follan y se van. Sin nombres ni apellidos. Gregorio sueña. Tiene un número de teléfono y un nombre. La riqueza misma, pontifica. ¿Se causará ese placer secreto después de engullir una lata vieja y pasada de sardinas yugoslavas?, se interroga.
Minutos más tarde el tranvía baja vertiginosamente desde Petřiny para que él encuentre nuevamente aquella cabina de teléfonos. Tiene que apurarse, tiene que escucharla, -se repite para sí como el martilleo de un reloj. Gregorio recuerda los telefonazos y siente que podría en ese mismo momento largarse a llorar. ¿Era perfecto que ella existiera? Hay detrás de todo eso una pactada euforia secreta, un juego ajeno que él no controla. ¿Lo hará ella también? ¿Marcará ella los números como él? ¿Como él saldrá ella cada día a las calles del mundo, cobardemente, de rodillas, impaciente? Gregorio mira a los pasajeros del tranvía. ¿Sospechará alguien en él esa suerte de interpretación caleidoscopial de la desgracia humana que desvaría a solas, y que lo devora?
Esa es su locura, admite, un ilustrado abanico de angustias. Oscurece ya sobre la ciudad. Un viento helado se cuela por sus gastados calcetines, Gregorio apreta la bufanda enroscada a su cuello, ve las paradas de tranvía una tras otra, vacías y heladas, como si fueran el refrigerador de un estudiante. En los escarchados prados los cuervos del invierno checo bailan su ritual negro y lo saludan con miradas oblícuas y cuadrándose como soldados funerarios. Nosotros somos esos cuervos, piensa Gregorio, deseando viajar en un vagón vacío, con asientos vacíos y sin cochero. Praga en noviembre tiene ese inesperado hielo que agota, retruca. Ese chasquido repentino y polar que transforma la realidad en un cementerio arcaico, en un patio gigante lleno de lápidas chuecas, de losas inclinadas, de túmulos hebraicos cubiertos de pequeñas piedrecillas. Lleno de esclavos rogando sobre los catafalcos marxistas. A Gregorio se le viene a la memoria el barrio de Jižní město, aquella monumental acumulación de edificios de paneles de cemento que le parece el sinónimo de una necrópolis cubierta de manchas humanas. Mira desde la ventana del tranvía 18 la mancha blanca de la nieve como un metal lechoso, observado ahora por él desde las ventanas embarradas de un vagón que baja raudo a la ciudad.
Hasta que sucede algo inesperado o esperado.
Cuando ella sube por una de las puertas traseras y camina hasta el centro del carro, él de pronto sabe que esta noche es ella la elegida. Que han estado esperándose o buscándose mutuamente.
Quedan sentados inevitablemente el uno al lado del otro. Los separa el pasillo del tram. Será lo de siempre, imagina Gregorio: un rostro donde soñar, unos bustos prominentes, unas nalgas núbiles debajo de unos pantalones ridículos. Pero, prefiere no mirarla, que no note su presencia. La observa agazapado desde su propia oscuridad. Una oscuridad que se amontona y prolonga detrás de los cristales del vagón. Afuera esa oscuridad es una ameba ciclópea que se extiende por encima de la realidad; es la noche misma. Pero sus ojos de gata, se van clavando en el reflejo del cristal, como si sus dedos de uñas mal pintadas le rozaran a el su garganta. ¿Qué querrá? ¿Por qué lo mirará así? ¿Huirá también ella de la ameba nocturna y benevolente allá atrás del cristal? ¿Qué buscará ella en medio de aquella noche sin sonrisas? ¿Sin sacar sus manos de los bolsillos?, se pregunta Gregorio. ¿Le devolverá entonces él aquella mirada?
Un poco de calma y seguridad, piensa. ¿Podrá sentirse así al menos unos segundos? Por ejemplo jugar a ser la vaga y torpe idea del extranjero que recorre el mundo, o quizá la idea del anacoreta extravagante. O la definición imaginada y a priori de otros transeuntes: algunos idiomas, algunos dólares en la billetera. Todo bien elegantemente envuelto en una perfecta dosis de arrogancia gregaria. La sublimación de ese complejo de inferioridad que encarna una trasnochada chilenidad. Pero luego Gregorio se pregunta: ¿a qué juega ella columpiando su pie? ¿Tal vez al frío de necesitar? ¿De corregirse? ¿De acomodarse en su última existencia? Gregorio la mira asustado. Sus medias negras se frotan en un diminuto pedaleo secreto que provoca como una gata erizada. ¿Habrá de decirle algo, a él mismo? A él que ha finalmente volteado a mirarla de reojo. Una audacia de noventa grados: falda corta, medias negras. Le echa un vistazo para poseerla en la visión, para sentir la consternación, el nudo en su garganta, el temblor de esa sombra cercana que es ella, estampada, pidiéndole audiencia para huír de la hostil ameba. Siente sus ojos límites, el color de sus retinas como un escalpelo.
Está seria, piensa, fija como fotografiada en los periódicos. Ausente de una sangre fortuitamente examinada en un posible informe policial. ¿Será entonces ella, carente de alegría, en medio de una probabilidad, la víctima? ¿El retablo de su último grito por ejemplo en el Parque de Julius Fučík? Sus piernas: engranajes de una suerte escapada. ¿Podrá asegurar que es bella? ¿El? ¿O el redactor del noticiario en el vespertino? ¿O aquel tipo del asiento trasero?
Gregorio logra mirarla bajo el colapso de ese sueño, de esa premonición, del resumen. Un trozo de plomo estrellado en la sien, unos arbustos arañados, imagina Gregorio. ¿Hacia donde mirarán sus puñales azules? Gregorio puede sospechar algunos jadeos o los insultos sanguinolentos de su última noche.
Ah, la vida, el gran hematoma, concluye Gregorio. Eso es el entendimiento, un recurso de último momento en medio de una sociedad sonámbula que golpea.
Una parada tras otra su rostro rebota en los cristales. ¿Será todo eso tan falso como el noticiario cada tarde? Un invento del Stolichnaya bebido, un sádico deseo social. Gregorio la analiza. La destaca el parecer pensar en algo demasiado lejano, sospecha Gregorio, algo en algún extremo indómito, hechizando, permanentemente hechizando a través de los cristales, escondiendo el quejido o la lágrima hecha de un orgasmo metálico, clínico, de un sueño abortado, de una guillotina psicoanalítica.
¿Y quien entonces podrá ser él? El grito sediento junto a un teléfono, el sordo llamado policiaco, la visión oculta de un encuentro sin conjugación, el verbo estático de este país en infinitivo, la masturbación sobre unas sábanas pasadas a sudor o a sopa. ¿Quedará ella en alguna esquirla rota de la madrugada? ¿O él en un gesto de sátiro permanente? Asechando desde la copa del árbol genealógico del mal en la creciente oscuridad del mundo.
Praga, internado estudiantil para extrangeros de Větrník, piensa. Pasillos sucios de caldos estomacales, jugos marrones en los lavabos, los vómitos de la noche del sábado, acumulación de pasillos con filas de puertas, recovecos sin fin. Fauna humana. Gregorio se acuerda del penquista Cáceres. Un tipo asexuado, un engendro, que ayuda a algunas estudiantes en apuros a abortar por módicas sumas o por simples felaciones. Cáceres hace inhalar los vapores de los ácidos de fotografía a una joven panameña. La chica aborta con éxito. La chica aborta feliz de no arriesgar su beca de estudios. Cáceres, el plagiador ingresa a estudiar gracias a unos trabajos ajenos. ¿Quién es ese chilenito? ¿Morirá algún día aplastado por el tranvía en el intento de recoger su vibrador de bolsillo caído sobre los ríeles? Ah, Cáceres, repite en voz baja Gregorio, qué tipo. Cáceres pertenece al círculo de los falsos estetas, a los príncipes de la banalidad que habitan algunas habitaciones del primer piso, recuerda Gregorio. Gregorio los apoda los fere-sociologos, doctos compra-títulos, inventores de carruseles. Somos la basura del mundo, repite. Qué importa que la luz roja de aquella ventana sea un prostíbulo francés, un repartidor de enfermedades victorianas o una simple ridícula simulación.
Gregorio por fin ve todo claro. La vida es eso: una simulación. Una mujer arañada, tajada, escarbada y finalmente manchada por la eyaculación velada de un tanatólogo durante sus horas extras. La noche es un teléfono descolgado, des-gritado, des-hablado; una transfusión de sangre directa a la vena de algún testigo del gran crimen, a la vena de algún transeúnte del paraíso perdido, del fracaso terrenal.
Ella allí en el mismo tranvía es la suma de todas las salidas nocturnas de su cuarto, ella es el deporte cotidiano de vender sus ligas, o los elocuentes pezones pintados de rosa, los posibles chancros disimulados con polvitos Revlon, un carnet de estudiante en alguna gaveta, o en el monedero, o en la bolsa final de polietileno entregada a sus padres en provincia.
El tranvía se detiene de golpe, Gregorio se baja apurado buscando nuevamente el aire frío, fresco, el repetido tufillo del carbón comunista. Estornuda, siente un escalofrío. Las escaleras mecánicas del Metro se abren como una orquídea violada por la punta de una bayoneta rusa. Las paredes del Metro sudan sus óxidos, aquellos líquidos extraños. ¿La sangre, el estiércol o quizá el semen de la urbe? Gritos acuosos y pestilentes salen de los túneles como los supuestos fantasmas de aquellos que han muerto ideológicamente drogados. Detrás del oído los gemidos sadomasoquistas, el ultraje maquinal, el gozo de un clítoris succionado, la cotidiana disección ciudadana.
¿Querrá escapar? Evitar el posible bramido, salvarse de sus medias corridas, de sus cejas entrejuntas, de arrugar la frente como un billete viejo de cincuenta coronas. ¿Será posible dejar un teléfono sonando hacia la nada? Sin abecedario, sin la heroicidad, sin el erotismo reprimido de unos cuantos verbos y mentiras. Gregorio la observa, parece tener la misma prisa, como si quisiera asirse a su camisa, rogarle que le hable, que no la entregue a la noche, al noticiario, al futuro temor de las niñitas de buena familia. Gregorio siente un palpitar extraño, un descarte de lo ajeno, como si el hilo invisible que la ata a él, por espacio de unos minutos, estuviera destinado a cortarse, a dejarlo ir, a continuar en la ciudad perdida, en los tráficos recónditos, en las geometrías de la rutina. Gregorio camina lentamente, deja que se acerque cada vez más. Olfatea su respiración, la antesala de un quejido o de un estertor. Siente el frío del suelo, ese eterno espejo de sombras, mira las pisadas: una secuencia de adivinanzas. La escalera mecánica va cayendo a una cloaca palpitante, a una alcantarilla filosofal donde se buscan las respuestas al gran trauma humano. Los peldaños repetibles de un sueño olvidado, condenado al absoluto fracaso. Al halógeno subterráneo de la locura. ¿Y si todo no fuera nada más que un sucio muro interior, un pasadizo de rieles al gran desorden?, piensa Gregorio. No hay más que el a-orden de la casualidad, piensa mirándola unos peldaños más profunda, menos simétrica. Luego la ve unos pasos detrás de una columna a cien metros bajo tierra.
Llegará el tiempo de los números, de las rayitas negras, de los códigos de barra, él lo sabe, una vuelta a la herejía, a las medias alturas. Los dioses nunca cumplen sus planes quinquenales. Sus rodillas electrizarán sus propias cicatrices, el gran alarido coagulará un espacio milimetrado, envuelto de momias, de fetos viejos caminando o bailando en el mismo lugar donde se erigirán futuros parquímetros.
Lo universal y ooriginal de la verdad se encuentra en el gozo vertical de haber seguido en pie cuando la primera manzana fue mascada, piensa. La mordida, la alevosía de la independencia, de la mala intención, el placer del más humano de los desafíos, el delirio del primer éxodo, el orgasmo de cruzar los conceptos, de escarbarlos hasta que la existencia y el Ser se derramasen desde el universo o desde la jeringa oxidada de un dios inyectándose heroína o desde su pantalla de PC que pueden ser quizá lo mismo.
La realidad finalmente son esos túneles, venas eléctricas, velocidades, ráfagas. Gregorio se detiene. Su mirada cruza el subjetivo espacio de la visión, el vidrio negro polarizado, el estallido de una condición de insectos, su telepatía antropófaga. Ah, dice, insectos, eso yo soy. Un cucaracho patas para arriba una mañana en una habitación, mientras mi hermana golpea a la puerta. Soy Gregorio Samsa. Él la observa. El informe de su carterita negra: un jirón retrógrado, unas monedas, una credencial rotulada de estudiante en alguna parte.
El misterio está en eso, en la profecía cotidiana, en el desamparo absoluto del verbo, el saberse parte de una rutina: la rutina; como parte de un laberinto descifrado, un replay televisivo. Levantar el fono, discar los números o cruzar un pasillo con manchas de salsa, entrar a los baños a ver los vómitos de una estudiante afgana tras el supuesto reposo del fin de semana, cruzar unas escaleras donde unos latinos melenudos rompen botellas.
Finalmente Gregorio vuelve a casa; al block II del internado estudiantil de Větrník, pensando en ese rostro de mujer como si fuera una muñeca de madera. Lo sabe, lo supo, lo adivina o lo supone Existe un círculo que se cierra permanentemente sobre la conciencia humana, como una pesada puerta de hierro. Es un movimiento eterno, la imagen de una copa arrojada en cámara lenta a una chimenea. El nipón Nagayaka puede colgar cuarenta días o cuarenta siglos de las cañerías del subterráneo, hasta que su cuerpo de paso a la normalidad del hedor, hasta que el pasillo de las duchas pase a ser un lamento común, un peregrinaje recurrente, ese falso éxito europeo del siglo veinte. A quién puede importarte que él haya respirado a cuarenta centímetros de un extrangulamiento. El destino de los hombres no es más que la incapacidad de retornar al origen, a algo anterior al verbo, anterior al dolor, al primer desafío, a la primera irreverencia.
El flash en el noticiero de la radio no agrega nada. La noticia es la noticia, pero nada más. En las calles ha empezado la revolución. Algo que él conoce muy bien. Pero su atención está en otra parte, en ella. Nadie puede imaginar el rostro cubierto de cabellos embarrados, de llantos sordos. ¿Habrá en su última sonrisa una verdad atroz, una condena, el decreto civil de su paso al abismo? ¿Serán todos ellos la basura del mundo? ¿Realmente la basura, la maravillosa y amada basura? Allí está su seno herido, los dos zeppelines a punto de la gran tragedia, redondas, saciantes. La chaquetita de cuero negro, la pista sacerdotal para el gran game de los funerales, el dato escondido de un rompecabezas, rompe-principios.
Gregorio recuerda las puertas del vagón del Metro soviético (o sub-ético, piensa), abriéndose y cerrándose, respirando, bufando. Hombres y mujeres indiferentes. La nueva fauna humana del capitalismo triunfal checoslovaco, se dice. Gregorio ve a unos cabezas rapadas buscando pieles oscuras, oscuras como sus almas, como la de él. Gregorio ve a un grupo de hippies, tipos resistiendo el calendario, ve a algún funcionario de estado hojeando una libretita.
El pañuelo que lleva ella al cuello se ha transformado en la prolongación del brazo homicida, en la víbora invencible, él lo sabe. La noche, la ameba ha dejado su cerviz a merced de la esperanza y las buenas costumbres. Sin embargo la noche se ha hecho más y más venenosa. El juego de dolores, los ojos, el pelo fijo cae directamente a la nada misma.
En algún lugar, en el mismo instante en que él apaga su lamparita recostado en la cama de su cuarto, mirando al negro etiope dormido, está todo ocurriendo, a fuera, o en él, o en sus manos. Mientras tanto esos días el mundo se sacude de las bondadosas interpretaciones de la historia. El refrigerador espiritual cierra su puertecita de igual modo como cuando el negro cierra cada noche el Tomo II del Das Kapital. Ese libro que no para de leer. Ese libro ahora allí, en la mesa del africano, presente como los gritos nocturnos del internado.
Gregorio chupa en la oscuridad la última bocanada de su Dalila, lo tipea sobre el cenicero improvisado pensando en el próximo telefonazo y después de todo en la cara de la gente de bien, la de los parientes más cercanos de aquella muchacha mirándola fotografiada en la primera página del periódico.
Hace frío y por la ventana se filtra un vientecillo. A lo lejos puede imaginar en el fondo oscuro el rostro de esa muchacha mirándolo asustada, en el momento en que se hunde en las escaleras mecánicas en la estación donde se cambia de traza; en el momento en que la deja ir en su última sonrisa. Piensa en la mañana siguiente. Se pregunta por qué lo ha hecho. No lo sabe, no lo sabrá jamás, porque para Gregorio la existencia son sólo suposiciones, o premoniciones. La existencia son sus imaginaciones y son sus deseos, inclusive a ratos aquellas salidas sin control. Gregorio jura que comprará los periódicos, por si acaso algo así se ha cumplido. Luego se duerme.


Praga, 13 de abril de 1991- octubre 2009